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Si antes no pasa otra cosa; para que Peña deje los Pinos faltan

¿Qué se va a acabar primero?

viernes, 31 de marzo de 2017

El hombre de oro y el hombre de carne

"—Al principio —dice—, antes que vinieran Santo Domingo de Guzmán y
San Caralampio y la Virgen del Perpetuo Socorro, eran cuatro únicamente
los señores del cielo. Cada uno estaba sentado en su silla, descansando.
Porque ya habían hecho la tierra, tal como ahora la contemplamos,
colmándole el regazo de dones. Ya habían hecho el mar frente al que
tiembla el que lo mira. Ya habían hecho el viento para que fuera como el
guardián de cada cosa, pero aún les faltaba hacer al hombre. Entonces
uno de los cuatro señores, el que se viste de amarillo, dijo:
—Vamos a hacer al hombre para que nos conozca y su corazón arda de
gratitud como un grano de incienso.
Los otros tres aprobaron con un signo de su cabeza y fueron a buscar los
moldes del trabajo.
—¿De qué haremos al hombre? —preguntaban.
Y el que se vestía de amarillo cogió una pella de barro y con sus dedos
fue sacando la cara y los brazos y las piernas. Los otros tres lo miraban
presentándole su asentimiento. Pero cuando aquel hombrecito de barro
estuvo terminado y pasó por la prueba del agua, se desbarató.
—Hagamos un hombre de madera, dijo el que se vestía de rojo. Los
demás estuvieron de acuerdo. Entonces, el que se vestía de rojo desgajó
una rama y con la punta de su cuchillo fue marcando las facciones.
Cuando aquel hombrecito de madera estuvo hecho fue sometido a la
prueba del agua y flotó y sus miembros no se desprendieron y sus
facciones no se borraron. Los cuatro señores estaban contentos. Pero
cuando pasaron al hombrecito de madera por la prueba del fuego empezó
a crujir y a desfigurarse.
Los cuatro señores se estuvieron una noche entera cavilando. Hasta que
uno, el que se vestía de negro, dijo:
—Mi consejo es que hagamos un hombre de oro.
Y sacó el oro que guardaba en un nudo de su pañuelo y entre los cuatro
lo moldearon. Uno le estiró la nariz, otro le pegó lo dientes, otro le marcó
el caracol de las orejas. Cuando el hombre de oro estuvo terminado lo
hicieron pasar por la prueba del agua y por la del fuego y el hombre de
oro salió más hermoso y más resplandeciente. Entonces los cuatro señores se miraron entre sí con complacencia. Y colocaron al hombre de oro
en el suelo y se quedaron esperando que los conociera y que los alabara.
Pero el hombre de oro permanecía sin moverse, sin parpadear, mudo. Y su
corazón era como el hueso del zapote, reseco y duro. Entonces tres de los
cuatro señores le preguntaron al que todavía no había dado su opinión:
—¿De qué haremos al hombre?
Y este, que no se vestía ni de amarillo ni de rojo ni de negro, que tenía
un vestido de ningún color, dijo: —Hagamos al hombre de carne.
Y con su machete se cortó los dedos de la mano izquierda. Y los dedos
volaron en el aire y vinieron a caer en medio de las cosas sin haber
pasado por la prueba del agua ni por la del fuego. Los cuatro señores
apenas distinguían a los hombres de carne porque la distancia los había
vuelto del tamaño de las hormigas. Con el esfuerzo que hacían para mirar
se les irritaban los ojos a los cuatro señores y de tanto restregárselos les
fue entrando un sopor. El de vestido amarillo bostezó y su bostezo abrió
la boca de los otros tres. Y se fueron quedando dormidos porque estaban
cansados y ya eran viejos. Mientras tanto en la tierra, los hombres de
carne, estaban en un ir y venir, como las hormigas. Ya habían aprendido
cuál es la fruta que se come, con qué hoja grande se resguarda uno de la
lluvia y cuál es el animal que no muerde. Y un día se quedaron pasmados
al ver en frente de ellos al hombre de oro. Su brillo les daba en los ojos y
cuando lo tocaron, la mano se les puso fría como si hubieran tocado una
culebra. Se estuvieron allí, esperando que el hombre de oro les hablara.
Llegó la hora de comer y los hombres de carne le dieron un bocado al
hombre de oro. Llegó la hora de partir y los hombres de carne fueron
cargando al hombre de oro. Y día con día la dureza de corazón del hombre
de oro fue resquebrajándose hasta que la palabra de gratitud que los
cuatro señores habían puesto en él subió hasta su boca.
Los señores despertaron al escuchar su nombre entre las alabanzas. Y
miraron lo que había sucedido en la tierra durante su sueño. Y lo
aprobaron. Y desde entonces llaman rico al hombre de oro y pobres a los
hombres de carne. Y dispusieron que el rico cuidara y amparara al pobre
por cuanto que de él había recibido beneficios. Y ordenaron que el pobre
respondería por el rico, ante la cara de la verdad. Por eso, dice nuestra
ley que ningún rico puede entrar al Cielo si un pobre no lo lleva de la
mano"

Balun Canan. Rosario Castellanos. Fragmento

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