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Si antes no pasa otra cosa; para que Peña deje los Pinos faltan

¿Qué se va a acabar primero?

jueves, 14 de enero de 2016

Alimentar la mente. Lewis Carroll

Alguna vez mi amiga Beu Morgan compartíó esto:

Desayuno, comida, té. En casos extremos, desayuno, almuerzo, comida, té, cena y un vaso de algo caliente a la hora de irse a la cama. ¡Cuántos cuidados nos tomamos en alimentar a nuestro afortunado cuerpo! Pero, ¿cuántos de nosotros hacemos algo similar por su mente? ¿Y qué es lo que marca la diferencia? ¿Es el cuerpo, con mucho, el más importante de los dos?
De ninguna manera. Si bien la vida depende de que el cuerpo sea alimentado, podemos seguir existiendo como animales (apenas como hombres) aunque la mente esté completamente desnutrida y descuidada. Por lo tanto, la Naturaleza provée que, en caso de serio descuido del cuerpo, sobrevendrán terribles consecuencias, malestar y dolor, hasta devolvernos nuestro sentido de la responsabilidad; así también realiza por nosotros, queramos o no, algunas de las funciones vitales más necesarias. Muchos de nosotros sencillamente enfermaríamos si nos dejaran al cargo de nuestra propia digestión y circulación. <¡Maldita sea!> <¡Olvidé darle cuerda a mi corazón esta mañana!>, gritaría uno al percatarse de que lleva parado las últimas tres horas. , nos diría un amigo,
Pues bien, si como pienso, las consecuencias de descuidar el cuerpo pueden ser, en nuestro caso, claramente vistas y sentidas, sería bueno para algunos que las consecuencias de descuidar la mente fueran igualmente visibles y tangibles, que pudieramos, digamos, llevarla al médico y sentir su pulso.
<¿Qué? ¿Qué ha estado haciendo con la mente los últimos días? ¿Cómo la ha alimentado? Está pálida y su pulso es muy lento.>

<¿Dulces? ¿De qué tipo?>


Teniendo en cuenta la cantidad de experiencias dolorosas que muchos de nosotros hemos tenido alimentando y medicando al cerebro, pienso yo que sería muy bueno que, por un rato, tratáramos de traducir algunas de esas reglas corporales a sus correlativas para la mente.
[...]
Me pregunto si existe algo parecido a una MENTE OBESA. Realmente creo haber conocido a uno o dos de ellos; mentes que tendrían dificultades en mantener el mínimo trote en una conversación, que no podrían saltar una valla lógica ni aunque les fuera la vida en ello, que se atascan rápidamente en estrechos argumentos y que, en resumen, no están en condiciones de hacer otra cosa que no sea andar dificultosamente por el mundo.

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