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¿Qué se va a acabar primero?

jueves, 10 de marzo de 2016

DEMOCRACIA TEMERARIA Por Jesús Silva-Herzog Márquez

DEMOCRACIA TEMERARIA
Por Jesús Silva-Herzog Márquez .Publicado originalmente en Reforma
Dudo que en la abultada historia de la vulgaridad política universal se haya llegado al extremo que alcanzó el debate republicano más reciente
Donald Trump se sintió obligado a defenderse de un ataque particularmente tonto de Marco Rubio, quien le había dicho que ¡tenía manos chiquitas! No tengo los dedos pequeños, dijo el millonario ofendido, mostrándolos al público. Puedo asegurarles también que lo otro es bastante grande. Todos los que escucharon la frase, entendieron la insinuación. Les garantizo que no hay ningún problema ahí. Eso es lo que pudo escucharse hace unos días en el debate entre quienes aspiran a la Presidencia de Estados Unidos. Un candidato defendiendo el tamaño de su pene. Por eso hay quien dice que los debates republicanos no son aptos para niños. Se han convertido en espectáculos grotescos. Hombres que niegan la ciencia y se insultan para enfrascarse en una discusión sobre las dimensiones de su anatomía.
Tal vez no debería sorprender que se haya llegado a este punto. El millonario ha ridiculizado a quienes padecen alguna discapacidad, ha sugerido que una mujer es incapaz de pensar porque tiene la regla, ha gritado que se le antoja golpear en la cara a quienes protestan en sus eventos. Qué bonitos eran los tiempos en que podíamos hacerlo con libertad, dijo. La violencia, obviamente, empieza a ser frecuente en sus mítines. Debe decirse que la oferta de su política es tan repulsiva como sus arranques de ira y de desprecio. Describe a sus vecinos como violadores, expresa su admiración por los déspotas, amenaza con restringir la libertad de expresión, promete hacer más crueles las torturas, avisa que matará a las familias de los terroristas. No hay que matarlos a ellos solamente, dice para mostrar firmeza. También a sus hijos y a sus esposas. Un hombre que quiere ser presidente de Estados Unidos adelanta que cometerá, con orgullo, crímenes de guerra.
El hombre más peligroso del mundo, lo llaman en Alemania, que algún conocimiento tiene de hombres peligrosos y entretenidos. Saben que lo que parece ridículo puede terminar siendo trágico. Hay que decirlo así: lo que tenemos enfrente es a un fascista que se perfila a la candidatura del Partido Republicano a la Presidencia. Con ese boleto en la mano no es descabellado (aunque siga siendo improbable) que gane. Si el hombre ha deshecho todas las previsiones y ha destrozado todos los precedentes, no sería sensato creer que la lógica y la prudencia tengan que imponerse necesariamente al final del día. El peligro es real y no puede exagerarse. Trump no es cualquier farsante. Trump llena todas las características que Umberto Eco registraba como las claves del "fascismo eterno": desprecio de la razón, culto de la acción por la acción misma, incapacidad para aceptar el desacuerdo, obsesión por el complot, miedo a la diferencia, enamoramiento de la fuerza, desprecio por los débiles, expresión de todos los resentimientos y todas las frustraciones. No es casualidad que haya rendido homenaje al Duce a través de tuiter y que defienda la visión épica de Mussolini al citarlo.
La alarma que han activado los jerarcas del partido suena ya muy tarde. Mitt Romney, candidato en el 2012, ha tomado la palabra para denunciarlo como un peligrosísimo fraude. Un empresario con una larga cadena de fracasos, un ambicioso sin idea del mundo, un demagogo que llevaría a su país a la ruina. Sin apoyar a ninguno de sus contrincantes, Romney apuesta por cualquiera que pudiera derrotarlo. Lo peor que puede pasarle al partido, dice, sería la victoria de quien parece ya un puntero inalcanzable. El embate tal vez, sirve a los propósitos del opulento populista. En tiempos de furor antipolítico, el ataque de un político tradicional resalta la rebelión de los frenéticos.
La candidatura del tabernario no es solamente una amenaza a los conservadores norteamericanos. No es un simple peligro para el Partido Republicano. Es la amenaza más seria que ha enfrentado la democracia norteamericana en mucho tiempo. Una vasta conspiración de imprudencias y descuidos explica el ascenso del payaso. Se trata tal vez, de un ejemplo de la temeridad de las democracias. Acostumbradas a encarar crisis, pueden confiarse en que cualquier crisis es superable. Así mueren las democracias: creyéndose inmortales.

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